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El arte, expresión simbólica

El arte, expresión simbólica

 

 

EL ARTE, EXPRESIÓN SIMBÓLICA

 

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Solo el hombre puede apreciar el símbolo y  leer con ojos invisibles lo que las cosas evocan. La capacidad imaginativa del hombre le permite escalar a niveles de realidad que van de lo visible a lo invisible, de lo superficial a lo esencial, y por medio de la analogía relacionar las cosas de este mundo, hallando lo pequeño en lo grande y lo grande en lo pequeño. Solo el hombre puede ver en los claroscuros de una tormenta la lucha universal del bien contra el mal, o en el beso de un ángel la aspiración interna de identidad con el alma.

            Es en este punto donde tenemos   que hablar del arte, no solo como creación sensible, formal y bella, sino también de su mensaje , de su contenido.

            Es mucho también lo que se ha escrito a lo largo del tiempo sobre la importancia simbólica del arte, como elemento de transmisión. De hecho en el arte siempre se ha depositado la función de transmisión de las más elevados concepciones que el hombre hay podido tener, desde aspectos religiosos hasta el sentido de orden y justicia, todo se ha tratado de expresar siempre en símbolos a través del arte.

 

Un símbolo es un receptáculo formal de una idea, sea esta idea superficial o profunda. El símbolo nos conduce a ella. En el símbolo se da la dualidad alma-cuerpo, continente y contenido.

            Por otro lado el lenguaje del símbolo no es racional, conceptual y lógico sino intuitivo y evocador, nos conecta por analogía natural con las ideas sin intervención de la razón.

            El símbolo puede evocar recuerdos, actúa como un catalizador de elementos asociados, ya sea por experiencia o  por convención,   pero lo que más nos interesa del símbolo es la capacidad de abrir puertas a realidades más profundas y elevadas para  despertar de alguna forma los recuerdos del alma.

            En cierto, modo esto sucede en el Arte a través de su poder  de evocación simbólica. Por ello,  en la obra de arte no solo ha  de cuidarse su aspecto formal sino la idea que encarna en ella, y ha de haber una comunión fundamental entre continente y contenido, entre la forma y el aliento que la anima, entre cuerpo y alma, como lo hay en la vida.

            El símbolo como vehículo de  una idea, como huella material, puede responder a una creación según los cánones naturales con que la vida construye también sus formas, entonces el lenguaje simbólico se vuelve universal, intuitivo, valioso en cualquier lugar del mundo pues reproduce un proceso creativo con esquemas universales naturales.           

 

 37204_Louis_Francois_Lagrenee.jpg           El hombre puede darle subjetivamente un valor simbólico a las cosas pero los verdaderos símbolos son  aquellos en los que el mensaje no
depende tanto del acuerdo arbitrario sino que escapándose a la subjetividad manifiestan mensajes comunes a todos los hombres. El arte ha de apoyarse fundamentalmente en la universalidad de su lenguaje y por tanto de  sus símbolos

            Los colores son un claro ejemplo de ello. El valor que otorgamos a los colores no es puramente convencional (por ejemplo, los colores del semáforo), lo colores inducen en nosotros determinadas actitudes, puesto que canalizan determinadas longitudes de onda y  vibraciones de la naturaleza que están en consonancia con esos mismas actitudes dentro del hombre. Así cuando se habla del verde como símbolo de la esperanza, o del rojo como símbolo de la guerra, no estamos hablando de nada relativo. El verde provoca cierta serenidad, cierta proyección, cierta necesidad de continuar, de seguir, mientras que el rojo está implicando choque, conflicto, y de alguna manera necesita de una especial atención, detenerse o tener que asumir una postura.

            La Naturaleza entera, en sus realidades no solo materiales y de forma, sino vitales, psicológicas y mentales, está íntimamente unida en una  relación de simpatía y es  precisamente el símbolo y la capacidad de la analogía la que nos permite circular por esta relación yendo de lo grande a lo pequeño, de lo visible a lo invisible.

            Podríamos decir también  que el aspecto simbólico del arte está íntimamente vinculado con la asociación de ideas. El Símbolo despierta un recuerdo. Puede despertar un recuerdo instintivo, emocional o puede ser un recuerdo del alma.

            Hay recuerdos de realidades circunstanciales, convencionales, y hay recuerdos de verdades profundas, elevadas.

            En el arte, la sabia combinación de elementos sensibles toca fibras del interior del ser humano. Emociones, sensaciones, imágenes e ideas se combinan y afloran. El arte se manifiesta como  un verdadero  conductor de la conciencia.

            La obra de arte, a través de sus imágenes, sonidos y formas puede despertar en el hombre el recuerdo de lo sublime que contiene su alma. Podíamos afirmar incluso que la contemplación de la belleza despierta la belleza interior.

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            El poder evocador del arte hará aflorar nuestros recuerdos, nuestros sentimientos, nuestras huellas profundas y nuestros anhelos soñados. A veces pareciera traer, por los sutiles cauces de su lenguaje, recuerdos de la memoria de la humanidad. Realmente el arte puede evocar nuestro ser como pasado, nuestro cofre de tesoros y experiencias. Pero también puede, por su poder ascensional, elevarnos a nuestro futuro a excelsas concepciones y niveles de conciencia. El arte puede, de alguna forma, invocar ante nosotros los sublimes arquetipos, los modelos del mundo que como meta demarcan un sendero para la vida. Es una magia  superior y natural que trae ante nosotros el catalizador de nuestra propia transmutación.

            Para ello,  el verdadero acto de creación tiene que ser  capaz de unir lo que el artista ve y concibe con las formas adecuadas y perfectas, encontrando el molde que exprese la idea, esa idea y no otra, inequívoca y que conteniéndola nos conduzca a ella, no por los caminos de la razón sino de la contemplación e iluminación.

 

            Otro de los elementos que aparecen dentro de esta función simbólica del arte es su capacidad de reproducir tipos universales, y por lo tanto, de irnos haciendo escalar de aquellos hasta los Arquetipos.

            Por ejemplo, cuando un drama nos presenta a un avaro, o a un héroe, no nos va a presentar una persona concreta , nos va a presentar elementos que nos permitan reconocer tipos humanos universales, obligándonos a ponernos frente a la naturaleza del hombre, frente a nosotros mismos. Es el mismo proceso que nos pone frente a ciertos misterios de la vida a través de la luz que se expresa de forma Universal en todos los atardeceres, en los contraluces del lienzo, en la trasparencia del agua.

            Esos tipos universales son lo que al hombre le permite escalar más allá de la forma, de la simple materia, hasta esos prototipos  que a medida que se van reuniendo en elevada síntesis nos lleva a lo que Platón llamaba los Arquetipos.

 

En otro nivel, la misma función simbólica del arte, nos va a conducir por un proceso a través del cual el artista, se va a ir encontrando a través de su creación, consigo mismo, a modo  de un dialogo interno. El arte saca y representa nuestro hallazgo desde dentro, aquello que hemos encontrado y que podría estar sencillamente enquistado o agazapado.

            El arte tiene esa capacidad liberadora de sacar a  la luz elementos que están en el interior y que necesitamos  que se expresen pero no lo pueden hacer de forma racional. Entonces pueden  aflorar través de la representación, a través de la imagen o símbolo,  a través del arte. Y es a por   medio de ese proceso que el artista puede muchas veces encontrarse consigo mismo. Es una forma, no solo de medirse sino de sentirse, de percibirse.

            Hoy en día se está empezando a valorar mucho la expresión artística como terapia de comunicación, no solo con los demás sino con nosotros mismos, rompiendo aquellos  bloqueos que desequilibran la psique.

            Pero  más allá de esa facultad de comunicación interna y externa la expresión artística se puede convertir en un verdadero poder de transformación por medio del dialogo interior que se produce en el artista. Ya no se trata de la obra de arte como objeto de contemplación y percepción para los demás, ni de una  terapia personal, sino la obra como alquimia que transforma al propio artista, como catarsis y como accesit, como conductor de la conciencia que nos permite acceder a una realidad superior, tanto  de nosotros mismos como de la naturaleza.

Capítulo anterior:  La imitación de la naturaleza           Capítulo siguiente: Relatividad y belleza

 


 

 

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Extraido del libro "El arte y la Belleza"

de Miguel Angel Padilla.   

 ISBN: 8496369110