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La sensibilidad ante lo bello

La sensibilidad ante lo bello

 

 

Muchacha vertiendo perfumes. Pompeya

LA SENSIBILIDAD ANTE LO BELLO.

 

 

Es evidente que todos no tenemos los mismos gustos ni la misma sensibilidad ante lo que nos rodea. Pueden ser muchos los factores que influyen en nuestras diferencias, pero con toda seguridad que la cultura de una persona, tanto en su amplio como profundo sentido, tiene mucha importancia en la configuración de  nuestros gustos estéticos.

            Para poder  reconocer la belleza es necesario que nos ilumine un foco  interior. Si la obra de arte no encuentra eco en  una personalidad  sensible y despierta, afinada en elementos culturales y estéticos, nada nos dirá ni en nada nos conmoverá.

            Y ese enriquecimiento y sensibilidad internos surgen de desarrollar el hábito de interiorizar, de no pasar por alto todo aquello que nos puede enseñar algo. Este diálogo con nosotros mismos despierta el ojo del alma que mira, no solo lo superficial, sino todo lo que la vida y la naturaleza nos pueden desvelar.

            La atención consciente, la contemplación o la reflexión, despiertan resonancias interiores que van reconociendo lo más bello, lo más justo, lo más bueno, en un mundo de contradicciones donde se mezcla lo sublime y lo adyecto. Es un proceso a través del cual el alma aprende a navegar por los mares de la materia.

            Los factores que van configurando nuestro gusto estético tienen entonces mucho que ver con nuestra cultura personal, con la lectura, con las elecciones cotidianas en materia de sentimientos, con nuestras conversaciones, con nuestros intereses cotidianos. En fin, con la atmósfera tanto intima como pública que alimentamos en el día a día.

Brone de Rialze
            El desarrollo de nuestro potencial humano, especialmente de las excelencias del alma (virtudes) nos permite cada vez más reconocer y elegir lo mejor.

            Un hombre bueno, sensible a la verdad, al bien y a la justicia necesariamente ha de ser receptivo a la belleza.

            La configuración de nuestros intereses, de nuestra personalidad más intima, de los motores de nuestro comportamiento, se va estableciendo como hemos dicho, en el curso de nuestra vida, en virtud de nuestras elecciones y valoraciones, del alimento que hayamos dado al alma en términos de cultura, ideas, sentimiento y hábitos.

            Y todo ello determina las respuestas que damos en gran medida a lo que nos rodea y por supuesto, la respuesta al arte y la belleza que nos presenta al hombre y al mundo.

            Este proceso es creciente, y en la medida de nuestro despertar interior trascendemos la sensualidad de los sentidos que se placen en las formas, para disfrutar con el alma que se place en la belleza como esencia.

            El placer nace de la satisfacción de las propias inclinaciones. La búsqueda de placer estará fijada  por nuestra natural  tendencia  y disposición. De la naturaleza de nuestros “deseos” más a flor de “piel” depende que nos inclinemos hacia placeres o satisfacciones animales, humanas o divinas.

            Estamos dispuestos, prestos con nuestra atención a aquello que nos interesa. De forma espontánea, esa predisposición, esa sensibilidad previa hacia algo, nos permite reconocerlo cuando lo venos o por el contrario, pasar de largo sin advertirlo. Cuando algo nos interesa o nos gusta, suscita nuestra atención y hasta nuestra admiración. Cuando en nosotros no se ha despertado ese interés, no lo reconocemos como deseado o especial.

            La búsqueda de satisfacción es innata en el hombre pero puede irse elevando desde la búsqueda de sensaciones agradables para los sentidos, hacia la satisfacción de las emociones y  hasta la necesidad de agradar al alma. ¿Qué produce el placer del alma? Diremos, como Platón, que todo aquello que entra en la esfera de su naturaleza y que tiende a elevarla, a recordarle su origen celeste, es decir lo Justo, lo Bueno, y lo Bello.

A veces la obra de arte no despierta en nosotros principalmente un sentimiento amable y placentero que podríamos relacionar con ese sentimiento de la belleza. Puede despertar admiración, asombro, sobrecogimiento, conmover nuestras emociones e ideas de tal manera que nos arranque de nuestra inercia.

La Obra entonces realmente es un elemento trasmisor  pero debemos hablar verdaderamente de arte si además ennoblece. Su belleza está37019_Carel_Fabritius.jpg ahora en la conjugación de sentimientos e ideas que se enlazan, como por ejemplo en un drama teatral, para dar una impronta final en la conciencia del hombre transportándolo hacia algo más excelso de si mismo.

            La belleza de las partes que se conjugan cede su importancia a la sublime belleza de la huella que deja en el alma del artista y de quien
contempla la obra. En definitiva nos conmueve y nos eleva íntimamente hacia la dignidad de nuestra naturaleza humana.

            Así la altura del arte estriba en hacia donde se dirige, si a ensalzar la parte más grosera del hombre o a la más noble, ya sea en sensaciones, emociones o pensamientos.

            Cuando el alma es la que contempla ella sabe reconocer lo que a ella pertenece. La educación estética es pues una vía de despertar del alma dormida y tal educación es posible y necesaria. El arte se convierte en una aspiración profunda de la filosofía pues quien contempla una verdadera obra de arte recreandose en ella, y ha despertado en sí al filósofo, añade a la satisfacción y felicidad de la contemplación de la belleza una gran profundidad espiritual.

 

 

            El interior de una persona puede estar poblado de orden y  de claridad, de creatividad y  de armonía, de bondad y humanidad, pero también  podemos hallar en él caos, ignorancia, egoísmo, oscuridad.

            Es obvio que el poseer un universo interior ordenado y luminoso nos va posibilitando cada vez más en la percepción de ese orden y armonía del mundo exterior. Por eso  la verdadera educación, no solo debería ser  conceptual y racional sino que tendría que afinar el alma y prepararla en la captación de la belleza, permitiéndonos no solo  reconocerla, sino  recrearla en las palabras, en los comportamientos y pensamientos.

El Viajero, de Gaspar David Friedrich

 

Cuando la luz de la belleza toca el aspecto visible del hombre se expresa en elegancia.

 

Cuando se refleja en sus acciones  es cortesía.

 

Cuando impregna sus emociones y sentimientos se manifiesta como bondad de corazón …

 

 …y cuando ilumina las Ideas, la belleza es Sabiduría.

 

 

En la medida en que se despierta una sensibilidad ante el arte también se desarrolla un criterio estético propio. Lo cierto es que la mayoría de las personas no lo tienen sino que sencillamente se dejan llevar por la moda. Esto lo vemos tanto en el vestir, en la arquitectura, en la música, en la decoración, etc.

            Tener criterio es tener libertad de elección, pero la libertad no es posible desde la ceguera ni la oscuridad.

            El criterio propio surge cuando tenemos ideas y sentimientos coherentes arraigados en una visión global, reflexionada y aceptada, que nos cala hondo. La libertad solo es posible ejercerla desde el conocimiento y el despliegue de nuestra realidad interna.

            Toda las trayectoria que va teniendo nuestra vida, con sus oportunidades de experiencia y sus improntas en la personalidad y el alma; el esfuerzo que realizamos en despertar nuestra verdadera naturaleza, sensibles a los valores profundos, además de ese sello misterioso que trae nuestro Ser, de tal vez nuestro peregrinaje por otras vidas, va a ser la fuente de nuestro criterio estético, de sus matices y preferencias, en definitiva de nuestra receptividad a la belleza y el mensaje artístico en sus diferentes formas de manifestación.

            Nuestra conciencia puede elevarse trasportada por Bach o recrearnos  nostalgia en a través de un  nocturno de Chopín. Puede sentir grandeza frente al templo de karnak o  amor con un poema de Neruda...... pero también puede rodar desbocada a las oscuras resonancias del morbo.,

            En nosotros están todos los Universos posibles y nuestra conciencia navega en ellos recreándose o sufriendo, construyéndonos una realidad humana que trata de trascender su herencia animal.

            Esta capacidad de la conciencia del hombre de elevarse o caer nos lleva a la necesaria Voluntad que nos mantenga en lo mejor y tenga la resolución de apartarnos de lo peor. De su ejercicio, del uso de esta Voluntar superior, nace la Libertad interior  y el poder sobre nosotros mismos.

            Del hábito de la conciencia elevada o cuando menos sostenida en lo noble, en lo justo, en lo bello, nacen unas posibilidades de experiencia insospechadas en torno al arte y a la belleza. Más allá de la estética formal, un bello poema, una frase musical o el pórtico esbelto de un templo, son la puerta a un divino misterio reservado a quien franquea las puertas de su alma inmortal.

            El frecuentar los museos y salas de arte, los teatros y salar de conciertos, las ciudades evocadoras, la poesía, suponen un bálsamo para nuestras maltratadas vidas, llenas de estrés y competitividad. El arte restaura nuestra perdida serenidad.

            El arte como una siempre renovada aspiración a la belleza, supone una esperaza y un refugio para las almas despiertas cuando ven como el mundo se precipita en la locura y el absurdo, cuando descubren las  pocas respuestas  que se dan a la necesidad de verdad y  el poco calor humano  que surge ante la necesidad de amar.


 

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Capítulo anterior: Función y finalidad del arte   Capítulo siguiente:  La naturaleza del artista

 


 

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Extraido del libro "El arte y la Belleza"

de Miguel Angel Padilla.   

 ISBN: 8496369110