Busto del filósofo Sócrates. Alt: 18cm


Busto del filósofo Sócrates. Alt: 18cm

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Reproducción de una figura romana-griega realizada en mármol reconstituido (polvo de mármol con resina sintética) acabado con una pátina de envejecido ​con ​tierras naturales.

Museo Nacional de Atenas. Pieza del siglo II antes de Cristo.

En el año 399 a.C., Sócrates fue condenado a beber la cicuta bajo la acusación de impiedad por supuesto delito de corrupción de jóvenes. Aunque se le propuso huir de la prisión, no aceptó el ofrecimiento y prefirió culminar con su muerte, libremente aceptada, una vida incansablemente dirigida a dar a entender a los hombres que la Filosofía no era una especulación sobre el mundo “añadida” a las otras actividades humanas, sino un modo de ser en la vida por el cual es preciso, cuando sea necesario, hasta sacrificarla. Ciudadano admirable, respetado por su ejemplar conducta, consejero solicitadísimo a quien los jóvenes consultaban en las contingencias decisivas, aparece ante todo no como un hombre que ofrezca una nueva doctrina, o que se preste a debatir todas las materias por el mero hecho del debate en sí, sino como un hombre que ataca dondequiera toda doctrina que no tenga por objeto principal examinar el bien y el mal. Sócrates se descubre, por boca del Oráculo de Delfos, como el más Sabio entre los hombres, justamente porque es el único que «sabe que no sabe nada». Según Sócrates, el único saber fundamental es el que sigue al imperativo: «Conócete a ti mismo». Se trataría de saber, ante todo, qué debe conocer el hombre para conseguir la felicidad, la cual es primordialmente felicidad interior y no goce de las cosas externas. La irritación causada por Sócrates en muchos hombres de su época fue debida fundamentalmente a que él intervenía en aquello donde los hombres más se resisten: su propia vida. Por medio de sus constantes interrogaciones, Sócrates hacía surgir en cualquier oportunidad lo que antes parecía no existir: un problema. El problema desvanecía los falsos saberes, mostraba las ignorancias encubiertas. Mas para descubrir problemas se necesita hacer funcionar continuamente el razonamiento. Sócrates aceptó esta necesidad y la convirtió en una de sus máximas virtudes. Uno de los rasgos sobresalientes de su doctrina es la equiparación del saber y la virtud. Tan pronto como el saber sea auténtico, se descubrirá que el conocimiento conduce a la vida virtuosa, y que ésta no es posible sin el conocimiento. Sócrates, empleando la mayéutica (estimulación de la autoinvestigación, y literalmente «parir»), se propuso ante todo iluminar al interlocutor, extraer de su alma por medio de preguntas lo que el alma ya sabía aunque de modo oscuro e incierto. De esta forma puede verdaderamente enseñarse la virtud, la cual debe aparecer como resultado de una búsqueda racional e infatigable, en el curso de la cual el hombre se vaya adentrando en sí mismo a medida que va desechando toda vana curiosidad. La réplica de cuerpo entero que presentamos corresponde a un original romano procedente de Alejandría, esculpido en mármol, que a su vez es copia reducida de una escultura griega del siglo II a.C. Con la mirada fija y abstraído, parece representar a Sócrates cuando oía la voz de su daimon; o acaso al filósofo que se quedó velando a la luz de las estrellas en el campamento, delante de Potidea, cuando todos dormían. El busto, guardado en el Museo Nacional de Atenas, emana una tristeza suavizada: labios caídos, cabello y barba descuidados, cabeza inclinada y mirada en lontananza, comunican una discreta resignación: la del hombre de bien que ve a su mundo alejarse ciegamente de sí mismo.

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