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Post sull'argomento: escultura

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¿Qué hace una escultura en mi casa?

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¿Qué hace una escultura en mi casa?

Toda escultura es un mensaje del artista. Sea una expresión de emociones, ideas o elevadas inspiraciones la escultura encierra un alma a la que su creador le dio forma.

Pero al contemplar una escultura o elegirla para tenerla cerca en nuestro hogar o espacios que habitamos, lo hacemos por muy diferentes motivos, aunque no siempre sepamos cual fue la intención del artista. Es como si cada cual le diera nueva vida a través de su imaginación y las resonancias que en uno despierta.

Por que tenemos esculturas en casa.

Cuando de arte se trata, los motivos quizás sobran. El más común puede ser que se trate de una escultura muy agradable para uno y que se ajuste a las propias tendencias. También puede ser un regalo de una persona especial traída de una parte del mundo cuya historia es sorpréndete.

Puede ocurrir también que tenga una increíble historia la cual genere temas de conversación muy interesantes entre los invitados. En otros casos les otorgamos un carácter mágico, tratando de atraer fortuna atrae fortuna, prosperidad, salud, etc.

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Por otra parte, la belleza de este tipo de obras hace que la vivienda tenga un ambiente mucho más elegante. Suelen ser piezas decorativas de alto impacto simbólico o estético que solo generan beneficios al ser humano. Para quienes somos amantes de la cultura el tenerlas en casa nos proporciona inspiración, la cual compartimos con familiares y amigos.

Que representa una escultura en mi casa

Cuando entramos a una vivienda que tiene muchas obras de arte clásico pensamos automáticamente que sus habitantes son muy cultos. Tal vez esto no sea siempre así, en el sentido intelectual del termino, pero con seguridad que se trata de personas sensibles a la belleza y a la historia del ser humano.

Cada escultura nos habla de su tiempo y de su mensaje.  Al profundizar en ello nos enriquece y llena nuestro mundo interior de resonancias y experiencias. Poder dedicarle un tiempo a buscar interpretaciones y compartirlas con otros, nutre considerablemente nuestra cultura. Muchos expertos consideran que tener esculturas en casa nos permite tener una mente más abierta y así identificar elementos que nos rodean que pocos descifran.

Que aporta la escultura en la decoración

Para muchos la función principal de una escultura es la de decorar espacios domésticos, comerciales, museos, salones, entre otros.

Tener esculturas adecuadas a la vivienda es clave para resaltar la elegancia del hogar. Se debe componer los espacios con elementos que mejoren la belleza y armonía del lugar. La escultura debe ser agradable y generar sensaciones interesantes. No siempre un espacio pequeño exige esculturas pequeñas. Una escultura de relevancia, bien ubicada puede dar a un espacio íntimo una atmosfera especial.

En cualquier caso, lo que elegimos para que nos acompañe en nuestra vida, en nuestro hogar, siempre habla de nosotros. Por eso debemos elegir aquello que nos gusta y nos define y no lo que la moda nos impone.

 

 

 

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El eterno eclipsado. Lorenzo Bartolini.

hb_03.11a-dLorenzo Bartolini. El eterno eclipsado.

 Tanto en el Renacimiento, como en el Barroco y Neoclasicismo, encontramos autores dentro de todas las artes que ocupan el lugar más representativo del movimiento. Sin embargo, detrás de estos iconos, no siempre se le hace justicia al resto de artistas que llegaron a un nivel igual o incluso mayor en algunos casos de capacidad creadora. Pocas veces la historia ha sido tan injusta con un personaje como el de Lorenzo Bartolini; quizás se deba a su cercanía a Napoleón Bonaparte, por lo que los vencedores contribuyesen a eclipsar la importancia de este artista.

Considerado actualmente uno de los más importantes escultores de la época posterior a Antonio Canova, se formó en la Academia de Bellas Artes de Florencia y practicó la escultura en mármol y alabastro. Gracias a la hermana de Napoleón, Elisa Bonaparte, fue nombrado profesor de escultura en la Academia de Bellas Artes de Carrara, en 1807, y se convirtió en el escultor oficial de la casa Bonaparte.

 

 

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La Ninfa dello scorpione (1845); Museo del Louvre, París. 

Tras la caída de Napoleón, regresó a Florencia, donde vivió una serie de años no demasiado fáciles para el artista, pues sus ideas políticas discrepaban con la actualidad del momento. Se dedicó a responder a encargos para extranjeros acaudalados y a producir copias de esculturas antiguas, las cuales servían como recuerdo para los aristócratas que pasaban por allí. Entre sus clientes contaba, entre otros, con el XIV duque de Alba, por lo cual varias de sus obras se conservan en el Palacio de Liria de Madrid.

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La fe en Dios  (1834-1835); Museo de Poldi Pezzoli, Milán.

Fue también docente en la Academia de Bellas Artes de Florencia desde 1839, luchando por difundir un estilo de escultura más ligado a la vitalidad naturalista, por encima del idealismo académico. Fue famosa la clase en la que presentó a los estudiantes un modelo jorobado, indicándolo, en su género, como un "ejemplar".

Su obra más conocida, busca aún más la naturalidad en el cuerpo. Además de recibir inspiración de la Maddalena penitente de Canova, la idea de esta pose le llegó al artista observando a la modelo que se relajaba después de pasar horas posando para otra escultura. No se trataba ya de plasmar el ideal humano, sino de naturalizar su existencia, embellecerla no a base de imaginación, sino de una visión profunda sobre el modelo real, intentando evidenciar en la imagen representada rasgos interiores característicos. La escultura fue encargada por Rosina Trivulzio Poldi Pezzoli quien, después de haber quedado viuda de su marido, veía la figura como una imagen para consolarse por su abandono en la fe después del luto.

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La Tavola degli amori (1845); Museo de Arte Metropolitano, Nueva York.

De esta manera, Lorenzo Bartolini, incluso en sus obras más neoclásicas como Dircè, Venere o su Ninfa dell'Arno, expresa de una forma contenida, idealizada, pero con un idealismo que poco a poco consigue la expresión natural de la modelo. Saber mirar, ése sería el objetivo; el neoclasicismo mira con la imaginación, idealiza la realidad para hacerla trascendente, es platónico; el romanticismo, en cambio, mira con los ojos de la emoción; Bartolini pretende mirar sin necesidad de sublimar ni denostar, solo escudriñar qué hay de bello en lo observado, hallarlo y representarlo, no para trascender, sino para reafirmar lo que a menudo pasa inadvertido para la conciencia: toda la naturaleza es hermosa.

Después de su crisis pos-napoleónica, cuando los aristócratas y la nobleza culta definieron en él a “un innovador necesario para los tiempos que llamaban a las puertas del arte”, llega la etapa del escultor más depurativa, en la que logra sus mejores y más celebradas realizaciones: La Fiducia in Dio,  La Carità Educatrice, La Ninfa dello Scorpione, La Table aux Amours... entre otras, muestran el logro de fundir tres épocas: la Grecia clásica (junto al neoclasicismo), la Florencia del Quattrocento y un siglo XIX que entraba fuertemente con sus tintes románticos.

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Monumento Funerario a Nicolás Demidoff; Museo Cívico, Prato, Italia.

Todo esto le debe el arte escultórico a Lorenzo Bartolini, su influencia y su herencia son realmente valiosas; lo incomprensible es que fuese relegado prácticamente al olvido, situado fuera de los círculos más cultos del arte. Dentro de todos los campos encontramos genios abandonados en su época, en la música, en la literatura; el mismísimo Mozart fue alejando del mundo en el que había triunfado. El ser humano se comporta en muchas ocasiones de esta manera, lleva a la cima y derriba con el mismo entusiasmo el trabajo por el que alguien da toda una vida; pero gracias a que cada uno de estos marginados apostaron por sus propuestas, llegan a día de hoy a nuestros tiempos, imperecederos, dejando en sus obras el inequívoco sello de su original personalidad.

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Auguste Rodin. La historia de un artista para el recuerdo.

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El éxito no siempre te abraza en tus primeros años de trabajo y te hace triunfar dentro de tu sector, por el contrario, cuando se busca con tanto afán sin encontrarlo puede llegar a generar tal desmotivación que nos planteemos abandonar nuestra profesión, aunque esta sea vocacional.

Rodin estudió en la Escuela Imperial Especial de Dibujo y Matemáticas, la cual se convertiría en la Escuela de Artes Decorativas, en un ámbito no solo ajeno al de las bellas artes, sino además menospreciado por éstas. Tras ser rechazado en tres ocasiones para ingresar en la Escuela de Bellas Artes, buscó preparación adicional aprendiendo en talleres técnicas de moldeado, estuco y pintura. Trabajó haciendo esculturas para decoración y en la reconstrucción de París como ayudante de George Eugéne Haussman.

La primera escultura conservada del autor fue un busto de su padre que realizó en estilo neoclásico, la cual nunca expuso en vida. Dos años después muere su hermana mayor y Auguste se sumerge en el mundo de la religión, ingresando en la Congregación del Santísimo Sacramento en la que permanece durante solo un año. Uno de sus profesores en la Escuela de Arte Decorativas, Jean-Baptiste Carpeaux, lo convenció de que siguiera su camino por lo que era su verdadera virtud, la escultura; y es entonces cuando realiza la primera obra que definiría su estilo: El hombre con la nariz rota.

Siendo rechazado su alistamiento en la guerra franco-prusiana debido a su miopía, viaja a Bruselas donde procura como colaborador en la construcción de ciertos edificios de la urbe; además participó en numerosas exposiciones belgas en el extranjero, lo que lo llevaría a visitar París, quedando impresionado por la obra de Miguel Ángel.

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Hacia 1875 se produciría el hecho decisivo en su carrera como artista. Habiendo dedicado gran parte de su juventud al estudio de la anatomía, recurso conveniente cuando esculpes cuerpos, Rodin realiza la obra La edad de bronce. Debido a su perfección, se le acusó de haber sacado los moldes directamente del cuerpo del modelo, y no de la arcilla hecha por el artista (como se realiza el método de vaciado en bronce); esta acusación, indigna para cualquier artista, supuso para Rodin tener que buscar respaldo en amigos y personalidades influyentes dentro de su mundo, lo que concluyó no solo con su victoria, sino con una fama que le puso 

inmediatamente entre los artistas más importantes de París.

A partir de aquí su obra se dividió en dos grupos, la que realizaba para recibir un pago y sustentarse, denominada “alimentaria” (obras decorativas para la ciudad, sobretodo) y la trasgresora, en la que el artista desarrollaba más sus “formas de arte” y por tanto, las más trascendentales en la historia del arte.

Aún así, las esculturas de Rodin causaron el rechazo del público en prácticamente todas las primeras exposiciones. El reconocimiento positivo sólo empezó a ser palpable a partir de 1900, 36 años después de su primera exposición en el Salón de París con El hombre de la nariz rota.

 

 

Comprar ahora. El beso de RodinSin duda, una de las obras más famosas de este autor, incomprendido de su tiempo, es El pensador. Denominada originalmente El poeta, se concibió para el futuro Museo de las Artes Decorativas de París. El pensador, en su origen, buscaba representar a Dante en las puertas del Infirerno. Rodin deseaba mostrar en el desnudo de esta escultura a una figura heroica al estilo de Miguel Ángel para representar tanto el pensar como la poesía, algo que también generó críticas entre los opuestos.

Existen más de veinte versiones de la escultura en diferentes museos alrededor del mundo. Algunas son versiones ampliadas del original; otras, de diferentes proporciones. Todas estas se conocen bajo el nombre de original múltiple.

El pensador, o el poeta, también aparece en otra de sus obras, esta vez en la monumental La Puerta del Infierno. Este grupo escultórico mide aproximadamente seis metros de alto, cuatro de ancho y uno de profundidad. En su totalidad contiene unas 300 figuras, cuyas dimensiones varían entre los quince centímetros y más de un metro. La realizó en su propio taller durante más de 40 años, sin poder ver nunca la fundición en bronce, pues se realizó en 1920, tres años después de su muerte, por parte del Museo Rodin.

Durante sus dos últimas décadas de vida, la voluntad de Rodin se enfocó en conseguir ceder su obra al estado francés con la condición de que una parte del palacete Biron le fuera cedido como museo. Dicho proyecto fue difícil de realizar ya que el arte del escultor era incomprendido aún, pero finalmente salió triunfante de la negociación.

En el último año de su vida, Rodin redujo su actividad y se limitó a paseos cortos cerca de su casa en Meudon. Contrajo una fuerte gripe a finales de 1917 y falleció el 17 de noviembre. Sus funerales se realizaron en dicha ciudad cumpliendo la voluntad del artista, situar sobre su lápida a El Pensador.

Para Rodin el artista no debía ser un esclavo del modelo, al contrario: era el artista el que escogía, con su propio ojo y sensibilidad, el objeto a representar; y por medio de su imaginación era capaz de modificarlo para crear una imagen nueva a los ojos del mundo.

 

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La victoria de Samotracia y su historia.

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Victoria de Samotracia.

 

La diosa Niké, símbolo de la victoria en la mitología griega, siempre se ha representado como una mujer con alas. Según su historia, pasó sus primeros años de vida entre los mortales, pero al conocer los vicios de la humanidad así como la maldad, decidió regresar al Olimpo. Durante siglos, su figura estaba presidía enfrentamientos militares así como competiciones deportivas, incluso en el reverso de las medallas olímpicas aparece su figura portando una corona de laurel, señal de éxito.

En el Partenón de Atenas, la diosa griega Atenea, realizada por Fidias, ya nos muestra una representación de Niké, la cual está en su mano derecha, simbolizando la victoria en las manos de Atenea, diosa de la guerra. En la misma Acrópolis también se encontraba un templo dedicado en exclusiva a la unión de las dos diosas, construido para conmemorar la victoria sobre los persas en la Batalla de Salamina, sobre el 480 a.C.

 La Victoria de Samotracia también perteneció a la iconografía de un templo, El Santuario de los Grandes Dioses de Samotracia, considerado uno de los principales santuarios panhelénicos. Situado en la isla de Samotracia, era un centro de culto al margen del culto oficial a las divinidades del Olimpo y participar en los ritos de Samotracia otorgaba la protección de la Gran Madre, reina de las montañas. El lugar conoció un periodo de desarrollo arquitectónico espectacular en la época helenística, cuando se convierte en un santuario nacional macedonio permaneciendo como emplazamiento de culto importante hasta la época romana. Después quedó abandonado y los campesinos de la zona predicaron durante siglos que la isla escondía maravillosos tesoros, algo que alentó a exploradores y arqueólogos de todo el mundo durante el siglo XIX.

<<“No es una piedra lo que aflora en la falda de la colina, sino un hombro. El cuerpo está medio enterrado. ¡Señor, hemos encontrado a una mujer!” , gritan los operarios. El joven vicecónsul francés Charles Champoiseau sonríe. Los campesinos le habían informado bien, la diminuta isla griega de Samotracia está llena de tesoros.>>

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          Detalle de plumas de Victoria de Samotracia;

Museo del Louvre, París.

El primer viaje a la isla no defrauda al  vicecónsul francés Champoiseau, que solicita y recibe un préstamo del emperador para hacer las prospecciones, llegando muy pronto su recompensa. El 15 de abril de 1863 se dirige al embajador de Francia en Constantinopla: “Hoy he encontrado en mis excavaciones una estatua de la Victoria alada (o eso parece), de mármol y de proporciones colosales. Por desgracia, no tengo la cabeza ni los brazos, a menos que los encuentre en pedazos por la zona. Entre los pechos y los pies está casi intacta, y trabajada con una habilidad que no he visto superada en ninguna de las grandes piezas griegas que conozco”.

Una vez depositadas las piezas en el Louvre, comenzaron las labores de restauración. Para asegurar la estabilidad de la estatua se insertó una barra metálica entre el costado derecho y el zócalo. También se reconstruyó la pierna derecha, que era la más dañada, pero sin embargo no se pudieron colocar ni el busto ni el ala izquierda, que no podían colgarse en el vacío, por tanto estas piezas se se archivaron, sin poder ser mostradas durante bastante tiempo.

Más de diez años después, en 1875, arqueólogos austriacos realizan nuevas excavaciones en Samotracia. Allí descubren grandes bloques grises que, correctamente ensamblados, representan la proa de un barco de guerra. Se trata de un descubrimiento magnífico, pues asociando esta figura a monedas helenísticas llegan a la conclusión, sin duda, de que esta es la base de la Victoria de Samotracia. Cuando Champoiseau recibe la noticia despliega todos sus esfuerzos para que los 23 bloques descubiertos sean llevados a París, lográndolo y efectuando así una nueva versión de la monumental escultura, ascendiendo a los casi cinco metros de altura.

Entre 1880 y 1884 se decidió recrear el monumento al completo, siguiendo el modelo sugerido por un arqueólogo alemán que también había empezado a excavar en Samotracia, Alexander Conze. De esta forma, se reforzó la estatua con una estructura de metal y se reconstruyeron partes con diversos fragmentos de mármol y con yeso, como el ala derecha, que se reconstruyó con un molde inverso de la izquierda. En 1891, Champoiseau regresó a Samotracia al mando de una expedición arqueológica con la esperanza de hallar las piezas que faltaban y la ansiada cabeza que, sin embargo, nunca logró encontrar.

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Victoria de Samotracia con navío;
Museo del Louvre, París.

 

Pero el interés por esta obra revive cada cierto tiempo, por no decir que es imperecedero, animando de nuevo a los especialistas a realizar una cuarta restauración de la obra en 2013. Tras un minucioso análisis, los expertos limpiaron la superficie de la escultura, retirando el recubrimiento que restauradores anteriores habían añadido para uniformar el tono. También se sustituyeron los antiguos rellenos en ranuras y grietas por otros de material más estable e incluso se añadió una nueva pluma encontrada en el  ala izquierda.

Tras volver al emplazamiento tradicional, la Victoria, que ahora descansa directamente sobre el navío, sigue siendo una diosa acéfala y sin brazos, pero el refinamiento de sus alas desplegadas y el contraste entre los ropajes ceñidos al cuerpo y los que vuelan libres han cobrado nueva nitidez; al igual que el ombligo y la curva del abdomen que han surgido como por encanto en el cuerpo de una mujer que se forjó para nuestro tiempo durante casi 200 años y que su vida sobrepasa los 2200 años.

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Antonio Canova. La escultura hecha realidad.

Carolus-Duran_1838-1917._Hebe_1874Antonio Canova. La escultura hecha realidad.

Posiblemente la escultura es, entre muchas artes, la menos reconocida y alabada por el público ya que, en muchas ocasiones, la sustituimos por la pintura o la fotografía. ¿Vemos la realidad mejor representada en una foto que en una escultura? La respuesta debería ser, como en muchos casos de la vida: “depende”.

Antonio Canova es, sin lugar a dudas, uno de los mejores escultores de todos los tiempos. Italiano, nació en un pequeño pueblo de la región de Véneto llamado Possagno, de apenas unos 2500 habitantes en la actualidad, donde se encuentra un museo dedicado a su obra. Desde niño comenzó a jugar en el taller de su abuelo quien, tras descubrir el talento del pequeño, no dudó en motivarlo encargándole algunos trabajos menores, en este caso altares. Su abuelo estaba patrocinado por la acaudalada familia Falier de Venecia y, a la vista de las aptitudes del joven Canova, el senador Giovanni Falier se convirtió en su protector. Pronto sus obras fueron elogiadas por su virtuosismo precoz y recibió los primeros encargos.

A la corta edad de 22 años se trasladó a Roma, centro de todo artista del momento que quisiera aspirar a la fama. La ciudad italiana era un gran museo en pleno apogeo, plagada de monumentos antiguos y grandes colecciones; era el lugar donde conformarían el neoclasicismo y, además, donde se encontraban la mayoría de las copias auténticas para estudiar de primera mano la producción artística de la época clásica.

 

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Rostros de "Las tres gracias"; Museo del Ermitage, San Petersburgo.

 

Siempre amante del arte antiguo, adoraba también la literatura clásica, la cual leía mientras realizaba sus esculturas, en incluso encargaba que alguien leyera para él. Este amor por lo clásico marcaría toda su carrera como escultor. El movimiento neoclásico no sólo supone un regreso a la Antigüedad en cuanto a temas, sino también en lo referente a las formas. El mármol y el bronce fueron la carne de los antiguos héroes, mostrando unos volúmenes suaves y, a su vez, detallados.

A pesar de sus condecoraciones y prestigios dados cuando alcanzó la fama, nunca mostró, según biografías, que el deseo de gloria personal fuese su principal objetivo. Gastó gran parte de la fortuna que llegó a acumular en obras de caridad, promoción para asociaciones y apoyo a los jóvenes artistas. En ocasiones, compró obras de arte para los museos públicos con sus propios fondos, además de colecciones de libros para bibliotecas, teniendo que ser advertido por sus más cercanos de que no gastara en demasía sus ingresos en problemas ajenos.

 

      “La forma no es la representación física de la cosa, sino la cosa sublimada, incorporada al plano de la experiencia sensorial y al plano del pensamiento. Así, Canova realiza en el arte esa misma transformación de la sensación en idealismo que, en el campo filosófico lleva a cabo Kant, en la literatura Goethe y en la música Beethoven”.

 

Giulio Argan

 

Mostrando así su ideal de belleza, Antonio Canova representa un antes y un después en la escultura. Sus obras más aclamadas son fruto de una incansable iniciativa en su trabajo, se sabe de relatos de sus cercanos que durante su juventud nunca se iba a la cama sin haber diseñado, al menos, un nuevo proyecto. Esbozaba primero sobre papel un dibujo sobre la idea y luego creaba personalmente un prototipo de pequeñas proporciones en arcilla o cera, a partir del cual podía corregir la idea original.

 

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Detalle de "Psique reanimada por el beso del amor";  Museo del Louvre, París.

Forjaba así detalles minuciosos no muy propios de su época que hicieron de su producción algo único. En sus biografías se le declara un hombre muy cercano y en una entrevista sobre su trabajo así lo demuestra: “No hay nada más precioso para mí que el tiempo (…) sin embargo, cuando estoy terminando un trabajo y cuando se ha finalizado, siempre lo retomaría de nuevo y también otra vez después si fuera posible, porque la fama no está en la cantidad, sino en pocos y bien hechos; procuro encontrar en la materia un no-se-qué de espiritual que le sirva de alma, la pura imitación de la forma se convierte para mi en muerte, tengo que ayudarla con el intelecto y volver noble estas formas con la inspiración, simplemente porque me gustaría que tuvieran una apariencia de vida”.

Son estos detalles en sus trabajos por lo que podemos decir que Canova rompe con lo “visto” hasta el momento, sus esculturas evocan el tacto, la suavidad, el “calor” del mármol vivo. Quizá nos pueda recordar a la leyenda de Pigmalión, quien enamorado de una de sus estatuas soñó que esta cobraba vida, deseo llevado a cabo por la diosa Afrodita cuando éste derpertó.

La escultura, en este caso, sobrepasa los límites de lo visual. Rompe las dimensiones que observamos en una fotografía, se convierte en realidad. Tal vez si nos encontráramos frente a una de sus maravillosas obras creeríamos que las cárites (Las tres gracias) romperían su abrazo para proseguir con la función de entretener a los invitados en los banquetes de los dioses; o que, en otro caso, Psique acariciaría suavemente a Eros y, de un momento a otro, éste podría levantar el vuelo con sus delicadas alas hacia el Olimpo.

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Pegaso. El sueño de volar en el arte.

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Desde tiempos inmemorables, volar ha sido una de las ambiciones más buscadas por el ser humano. La naturaleza siempre nos ha mostrado seres que, a través de los cielos, cambian su estancia
y vida según la necesidad y estación. Es, posiblemente, esta referencia natural sumada a la creencia, lo que nos ha hecho desde épocas ancestrales crear deidades y seres alados o que poseyeran instrumentos que les permitiesen volar.

Una de estas creaciones del ser humano es el caballo alado, presente en numerosos mitos, leyendas y en el folclore de muchas culturas, desde china, así como Grecia, Italia, África e incluso presente en América del Norte antes de la colonización europea.

Su figura, como la de otros seres fantásticos/mitológicos, como el centauro, la esfinge, el minotauro, entre otros; está formada por elementosreales, es decir, el cuerpo de un caballo y las alas de un ave.

Esto simboliza las tradiciones de la domesticación del caballo y la sensación de libertad y de potencia guerrera
ganada por los caballeros; relaciona las aptitudes dadas al caballo con las del pájaro, vinculado a la ligereza y la elevación.

 

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Biga de Pegasos.
Arte Etrusco.

 

Las primeras representaciones de caballos alados datan del siglo XIX a.C, en los proto-hititas (que conformarían el reino de Hatti en la zona central de la actual península de Asia Menor). Lo más
probable es que este mito se propagara después a los asirios, llegando a Asia menor y posteriormente a Grecia. En la mitología griega, así como en el arte, alfarería, escultura e incluso moneda; solemos
encontrar representaciones de uno de los caballos alados más conocidos de la historia, Pegaso, aunque no todas las representaciones de caballos alados en Grecia están relacionados con este personaje.

Trasladándonos a otras partes del mundo también encontramos culturas con este ser en sus historias, en el Rig-Veda (texto más antiguo de la India, 1700-1100 a.C) los caballos de la carroza de
Indra se representan alados, de pelaje negro brillante y con patas blancas. Como dato curioso, en la mitología nórdica también se encuentran caballos voladores, pero en este caso no son alados, son los
llamados caballos de las nubes.


Las Gorgonas habitan el otro lado del ilustre océano, en el confín del mundo hacia la noche; Esteno, Euríale y la Medusa desventurada; esta era mortal y las otras
inmortales exentas de vejez ambas. Cuando Perseo le cercenó la cabeza a la tercera, de dentro brotó el enorme Crisaor y el caballo Pegaso. El segundo, levantando el vuelo y
abandonando la tierra madre de rebaños alcanzó la mansión de los inmortales; y allí habita, en los palacios de los dioses, llevando el trueno y el rayo al prudente Zeus.

Teogonía; Hesíodo.


Centrando nuestra atención en el mito griego, popularmente, se representa a Perseo montando a Pegaso tras degollar a Medusa; lo que realmente no se conoce es que
Perseo jamás conisguió, según la mitología, montar a este famoso caballo alado. Cuando el héroe hizo brotar la sangre del cuello de Medusa, de la cual nació Pegaso, éste ascendió al
Olimpo, convirtiéndose en el caballo de Zeus, para el que trasportaba el trueno y el rayo. Posteriormente, es en el mito en el que el héroe Belerofonte derriba a la
Quimera, donde Pegaso reaparece. Después de que un adivino aconsejara a Belerofonte capturar al caballo Pegaso para así poder destruir a la Quimera, éste recibió
de la diosa Atenea una brida de oro para domarlo, la cual el héroe colocó sobre su cabeza y consiguió su obediencia, convirtiéndose en el único mortal que
montó a Pegaso y junto al cual derribó a la Quimera.

 

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Belerofonte montando a Pegaso.

 

Se trata, en definitiva, de una de las figuras más recreadas dentro de las diferentes culturas y mitologías, así como en el mundo del arte; representando, en cada una de sus
versiones, el deseo de la mente humana de poder volar, siendo este deseo plasmado en un ser tan peculiar a lo largo de todos los tiempos.

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El nacimiento de Venus en el arte.

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        Urano engendró en Gea gigantes, titanes, cíclopes; tan odiados por él mismo, que los enterró en los tártaros de la tierra. Gea, en un sin fin de sufrimiento por su descendencia, decide  vengarse de éste, consiguiendo únicamente la ayuda de su vástago Crono que castra a su padre y arroja su miembro al mar. De éste surgiría un brote de espuma del que emergería Venus, quien impulsada por los vientos de Céfiro, llegaría a la orilla adulta y pura.


                     

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Por fortuna o desgracia, no tenemos en nuestra memoria la considerada primera interpretación de El Nacimiento de Venus (Venus Anandiómena; Apeles), pues esta desapareció, pero si es cierto que sus varias descripciones en la antigüedad, así como frescos y esculturas datados en la Grecia y Roma clásicas, han servido como inspiración para los sucesivos pintores y escultores que la han devuelto a la vida.

 

 

 

                                                              

 

  Fresco de Pompeya, autor desconocido.

                Casa de la Concha de Pompeya, Pompeya. 

“Por los céfiros lascivos empujada

veríais la diosa que del mar salía,

exprimiendo cabellera remojada

entretanto otra mano el pecho cubría.”

Angelo Poliziano, descripción de la Venus Anandiómena de Apeles.

 

                Pero no es hasta después de la Edad Media,  tras la pérdida de control de la Iglesia, cuando renacen la representaciones de la mitología griega y romana. Este resurgir de la cultura clásica hace que emerjan numerosos artistas que deciden hacer rebrotar estas figuras sumidas en la oscuridad durante siglos.

                Todos tenemos en mente, con objetiva razón, la imagen de El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli, pero lo interesante de la libertad para interpretar un mismo mito, es la diversidad de vertientes que nos pueden ofrecer diferentes artistas de éste. Nos encontramos entonces con imágenes que, aunque carezcan de tanta repercusión, merecen ser mostradas y reconocidas.    

 

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Nos encontramos, por ejemplo, con El Nacimiento de Venus de Adolphe Bouguereau, situada en academicismo del siglo XIX; en ella vemos como la composición se amplía a una Venus rodeada por tritones y nereidas que presenciarían su alumbramiento, y 

de puttis (figuras típicas que ornamentaban las escenas clásicas del Renacimiento, representadas como niños desnudos alados). Se puede observar Bouguereau juega con las dimensiones y alturas.

 

 

   

 

 

 

Nacimiento de Venus, Adolphe Bouguereau.

 Museo de Orsay, París.

 

               Un autor contemporáneo a Bouguereau nos muestra, sin embargo, una obra completamente diferente a nivel de composición. Aunque ambos pertenecen al academicismo del siglo XIX, en este caso, Henri Pierre Picou nos muestra un nacimiento de Venus en donde sólo encontramos la imagen de la misma diosa, en actitud de plenitud y descanso. Con un fondo que carece de luz, brinda mayor relevancia a la figura de la deidad que al mundo que la rodea, exaltando más la figura de la diosa en sí y no tanto el hecho de su nacimiento.


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                                                 El Nacimiento de Venus, Henri Pierre Picou.

               Museo de Orsay, París.

 

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Contemporáneo a Botticelli, encontramos la Venus Anandiómena de Tiziano, quien perteneciente al mismo movimiento, no a la misma escuela (escuela Veneciana), nos enseña la escena relatada en el propio mito del momento en que Afrodita/Venus escurre el agua de su cabello.

Vemos aquí una impresión mucho más oscura, quizá mostrando así un nacimiento más terrenal en el que la diosa aparentemente sale a pie del agua, sola, sin tener presente mayor ornamentación en su nacimiento más que una concha flotando en las mismas aguas.

 

 

 

                                                                                                                                   

 

 

Venus Anandiómena, Tiziano.

                                                                                                                             Galería Nacional de Escocia, Edimburgo.

 


           

Trono_Ludovisi

 

 

Por último y cambiando de modalidad artística, tenemos una representación escultórica del nacimiento de Venus. El Trono de Lodovisi es un bajorrelieve que nos muestra a Afrodita saliendo del mar siendo vestida por las Horas. La pieza se encontró en 1887, en lo que anteriormente era el inmenso terreno de la Villa Ludovisi en Roma. Presuntamente, la pieza pertenecía a la parte posterior de la decoración de un trono.

 

 

 

 

 

Trono Ludovisi, autor desconocido.

 Museo Nacional Romano, Roma.

 

                Este es un pequeño abanico de imágenes dignas de conocer dentro de las representaciones no tan conocidas del nacimiento de Venus, pero existen muchos otros artistas que podríamos nombrar, como Alexandre Cabanel (1863), Antonio Lombardo (1516), Juan Auguste Dominique Ingres (1848), Theodore Chaisseau (1838), entre otros, que nos pueden dar otras visiones de lo ya conocido.

Como podemos comprobar el arte siempre nos muestra diferentes formas de apreciar la belleza dentro de un mismo concepto, en este caso, dentro de un mismo mito.

En Decorar con Arte queremos acercar a nuestras vidas  la mayor cantidad de posibilidades que puedan brindarnos gratas sorpresas en diferentes modalidades artísticas. 

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Relieve ceremonial de Eleusis. 24x35x1,5cm

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Reproducción de un fragmento del gran relieve de Eleusis, que fue datado entre los años 27 antes de Cristo y 14 después de Cristo; se trata de un copia romana de un original en mármol griego aún más antiguo de entre aproximadamente los anos 450 y 425 antes de Cristo.

Este relieve representa a Deméter, diosa de la abundancia agrícola y Perséfone, la diosa del inframundo y de la fertilidad de la tierra, junto a un joven desnudo. Demeter, a la izquierda, está revestido de un largo peplo de lana, ceñida a la cintura; ella sostiene un cetro en su mano izquierda. Perséfone, a la derecha, lleva una larga túnica de lino con mangas abotonadas y una himation; ella sostiene una larga antorcha encendida a su izquierda. La escena suele explicarse como Deméter y Perséfone dando Triptolemos las espigas de trigo para que el pueda enseñar a los hombres a cultivar granos. Es excepcional que la obra griega de arte aún exista, actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

http://www.decorarconarte.com/epages/61552482.sf/es_ES/?ObjectPath=/Shops/61552482/Products/Relieve-Eleusis-G431

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Escultura de Cupido y Psique. 14,5x10x17,5cm

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A tardía edad de la poesía y el arte helenístico y romano, pertenece la tierna historia de "Psique", la personificación de un alma llena de amor o, en otros tiempos, una mariposa que llevaba el mismo nombre. Psique, según la historia, era la hermosa hija de un rey. La fama de su belleza despertó los celos de Afrodita, que, para deshacerse de su rival, encargó a su hijo Cupido de hacerle a ella una visita y inspirarla el amor a un hombre común.

http://www.decorarconarte.com/epages/61552482.sf/es_ES/?ObjectPath=/Shops/61552482/Products/Figura-cupido-y-psique-Ib03001383

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Altre informazioni: Cupido, Psique, escultura
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Escultura de Apolo y Dafne. Altura: 46cm

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Por un muy buen precio podrá conseguir una escultura impresionante, se trata de una reproducción de la famosa escultura de Apolo y Dafne, realizada por el esculptor italiano Gian Lorenzo Bernini en los años 1622 y 1625. Esta estatua pertenece al estilo barroco. Es un grupo escultórico de mármol en tamaño natural, que se encuentra expuesto en la Galería Borghese en Roma.

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